
Si alguien quiere conocer a fondo una sociedad, por compleja que sea, con todos sus procesos internos, principios morales, éticos, sus estructuras sociales, entre otros, debe conocer a fondo sus centros de reclusión y la forma como el Estado plantea la resocialización de sus presos. También qué alternativas plantea para evitar que los individuos que la conforman lleguen a delinquir o incurran en comportamientos que vayan en contra de la armonía social. La sociedad colombiana no será la excepción, tomemos como referencia la Cárcel Nacional de Mediana Seguridad Bellavista CNMSBV, y específicamente uno de sus patios: el patio segundo.

La salida al alto Sinú me tomó por sorpresa. El martes, día de la reunión, apenas me enteré del evento, por mi cabeza pasó de todo, menos que fuera a ir. Cuando me dieron la opción no lo pensé dos veces, era una gran oportunidad de conocer parte del departamento de Córdoba. La salida era un hecho y no había posibilidad de renunciar, ya nos habían ilustrado lo riesgoso que iba a ser arribar a este departamento, cuna del paramilitarismo, y de la más desastrosa y dantesca violencia que surgió en Colombia en las tres últimas décadas.

El 24 de abril en Dacca, capital de Bangladesh, a plena luz del día se derrumbó como un castillo de naipes un edificio de ocho pisos, que albergaba a empresas textileras. Resultaron heridas unas 2500 personas y murieron más de quinientos trabajadores; esta cifra, sin embargo, puede superar el millar, porque debajo de los escombros se encuentran decenas de cadáveres. Este hecho es una muestra patética de las consecuencias que ha traído en todo el mundo, pero en especial en los países periféricos, la entronización de un capitalismo maquilero, que funciona a partir de la explotación a vasta escala de los trabajadores y de la eliminación de los derechos laborales y beneficia en forma directa a empresas multinacionales de Europa y los Estados Unidos.

Alfonso Gutiérrez, agricultor jornalero del Cauca, perdió un hijo, Camilo Andrés, de tan sólo 8 años, que pisó una mina quiebrapatas, cuando estaba entrando a la escuela. Un hermano suyo, Carlos Emilio, perdió también a su esposa, quien recibió en el pecho una bala de fusil cuando, en medio de una balacera entre el ejército y las Farc, salió a entrar a su niña de cinco años que jugaba en el patio de la casa. A ninguno de los dos les importa ya si la bala era del fusil de un soldado o de un guerrillero ni se preguntan quién sembró la mina que acabó con la vida de Camilo. Sólo quieren que se acabe ya esta guerra, que se ensaña especialmente con ellos, que lo único que han hecho es tratar de sobrevivir con su trabajo.