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Violencias contra las mujeres: una realidad silenciada

La violencia por parte del sistema capitalista y patriarcal se manifiesta en todas las esferas de la vida de las mujeres y se reproduce en la cotidianidad como algo naturalizado, sistemáticamente silenciada e invisibilizada. Muchos hombres (y a veces las mismas mujeres) cometen violencia de género sin darse cuenta, y muchas la sufren, sintiendo la culpa, sin analizar el contexto socio-histórico que reproduce el fenómeno, puesto que son hechos sociales impuestos.

 

Los medios oficiales de comunicación presentan casos aislados e incluso denuncias que solo representan una pequeña parte de la realidad; según la Liga Internacional de Mujeres por la Paz y la Libertad - LIMPAL - Colombia, sólo se denuncian alrededor del 10% de los casos de violencia de género. La Organización Mundial de la Salud -OMS- informa que la violencia de género es la primera causa de muerte entre las mujeres de 15 a 44 años. Por lo menos una de cada tres mujeres alrededor del mundo sufre algún tipo de violencia de género durante su vida.

Una de las violencias más comunes, pero más calladas, es la violencia de pareja, que puede incluir violencia física, psicológica y sexual; tiene como fin controlar social, física y emocionalmente las mujeres por parte de su pareja. En un estudio realizado por la OMS en varios países, entre un 15% y un 71% de las mujeres admitieron haber sufrido en algún momento violencia física o sexual por parte de su pareja. Pero esta cifra no incluye las violencias psicológicas que a veces se presentan como inocuas y se manifiesta en los celos, la posesividad extrema, la intimidación, las amenazas, hacer que se sienta culpable o ignorada y la humillación.

El relato de Ana
“He sufrido en carne propia la violencia de un hombre que ha sido mi esposo por más de 17 años. Cuando me separé de él, vino más fuerte la violencia porque era el hecho de él haber perdido su objeto que podía manipular y mover como quisiera, entonces se aparecía en todas partes, en cada esquina. Muchas veces me dijo que me iba a matar. Tenía que hacer lo que él me dijera. Si yo iba a otro lugar, ya era motivo de pelea, de agresión. Todas las peleas fueron por eso.

Empezó a violentar a mis hijos. Me decía, te voy a dar donde más te duele. Duele más que si él me hubiera golpeado a mí. Y las palabras. Las palabras duelen más que cualquier otra herida. Muchas veces me quedaba dormida y soñaba que venía con un cuchillo, que me iba a matar. Esa obsesión de querer dañarte, de dañar lo tuyo, tu imagen en el trabajo, con los compañeros, me parece una de las violencias más duras contra la mujer, y son muy poco contadas porque las callamos. Uno se siente culpable. Si yo le hubiera hecho caso, habríamos evitado los problemas. Todas esas cosas hacen a una quedarse callada.
Varias veces puse denuncia en la fiscalía y lo citaban, pero nunca resultó nada. Las medidas de protección tampoco funcionaban. La fiscalía y medicina legal nunca hacen nada. Me dijeron una vez cuando fui, “Irrítele más para que te golpee más, porque así sin morados más oscuros no podemos hacer nada".

La violencia sexual
Es otra violencia que permea muchos ámbitos y se realiza en muchas formas. Incluye los piropos, miradas sugestivas y acoso en la calle, hasta la violación. Es cualquier clase de atención sexual no correspondida o no deseada, como lo que le ocurrió a Yesica en Medellín. “Yo iba caminando hacia la estación del bus, cuando de pronto sentí que una moto se me acercó y, de repente, sentí la mano de un hombre tocando mi trasero. Sentí mucha rabia al saber que no me podía defender, no era lo primero ni lo último que me iba a pasar. Le dan ganas a uno de llorar de la impotencia”.

La principal causa de desplazamiento de las mujeres es la violencia sexual, según estudios de Profamilia y Acción Social. En el contexto del conflicto armado, se emplea la violación sistemática de mujeres como arma para aterrorizar, debilitar, humillar y someter al enemigo, avanzando en el control de territorios y recursos económicos. No es un fenómeno nuevo que el cuerpo de la mujer sea tratado como otro territorio para conquistar. En zonas dominadas por grupos armados, se imponen a las mujeres formas de comportamiento como la vestimenta y horarios restringidos para estar en la calle.

El relato de Miriam en el contexto del conflicto armado
Miriam era una niña cuando se produjo la Operación Génesis, en el mes de febrero de 1997, que produjo el desplazamiento de 4.000 personas. Fue una operación conjunta de militares y paramilitares, sobre poblaciones afrodescendientes en la zona del Cacarica, Chocó. Esa zona es codiciada por el Estado y las multinacionales por sus riquezas en minerales. Cuenta Miriam: “Entraron paramilitares y militares y nos tocó escapar para cuidar nuestras vidas. Como niños, nos pusimos a llorar, y nos fuimos a resguardar con la familia a un río donde había muchos árboles.  Ahí duramos tres días, sin comer, porque nuestros padres temían que los aviones, al ver humo, iban a tirar bombas al lugar.

Alrededor de eso sucedieron historias de mujeres a las que los paramilitares violaron, ultrajaron y asesinaron. Entre esos casos está el de una joven que vivía en Puente América. Los militares y paramilitares la obligaron, a ella, que era una mujer embarazada, a que se quitara la ropa y bailara enfrente de ellos y que si no la iban a matar. Entonces ella, por la amenaza, tuvo que hacer todas esas cosas.

En una comunidad, a tres horas de la mía, llegaron a casa de Gloria, que era madre de tres hijos. Preguntaron por el esposo, que no estaba. Al no estar el esposo, dijeron que entonces tenía que acompañarlos una hija. Inclusive tenía un hijo de tres meses en el pecho, ellos se lo arrancaron. La madre dijo que mejor ella se iba con ellos, pero le dijeron que no se preocupara, que la devolverían. Al cabo de tres días, la madre buscaba a la hija, y a una distancia un poco lejos, vio el cuerpo tirado; la violaron, la degollaron y le mocharon los senos”.

El impacto del desplazamiento forzado afecta más a las mujeres
En los casos de desplazamiento, arma para implementar la concentración de tierras y riquezas, las mujeres sufren las consecuencias de forma más destacada, siendo obligadas a permanecer en el espacio doméstico y sin trabajo ni ingresos económicos, haciendo un trabajo invisibilizado y no reconocido. Según datos de Confluencia de Mujeres para la Acción Pública, cuatro de diez familias en situación de desplazamiento poseen jefatura femenina. En el 2005, Esperanza de Bebaraná fue desplazada del Chocó por los paramilitares. Al llegar a Medellín, le tocó trabajar largas jornadas en casas de familia para poder mantener a sus cinco hijos. “Yo llegué un 25 de diciembre del 2005, me puse a trabajar por días o a veces por medio tiempo en casas de familia. Me pagaban 10 mil pesos o 12 mil pesos. De 5 de la mañana a 12 del día trabajaba en una casa de familia y de 2 de la tarde a 8 de la noche trabajaba en una lavandería, planchando ropa. Me tocaba caminar del 20 de julio hasta Laureles, por la 35. Cuando llegué a vivir en la comuna 13 me fue muy mal, porque me tocó ver morir a muchas personas en la puerta de mi casa. Tenía que vivir encerrada, porque una bala perdida nos podía matar, no podíamos salir para hablar con los vecinos porque había mucho miedo”.

La violencia económica
Las mujeres desplazadas, igual que muchas otras mujeres, sufren otro tipo de violencia, bastante común, que es la violencia económica. Para muchas mujeres, el trabajo doméstico está impuesto, y el control y manejo de recursos corresponde al hombre, que genera una dependencia económica, que se usa como forma de coerción y manipulación. Doña Martha nos comparte la experiencia de violencia que vivió con su pareja. “Si no se acuesta conmigo no le merco, me decía mi  esposo. De llegar al punto de decirle al de la tienda que no me soltara nada de mercado, que era para mí y mis hijos. Llegaba con la moza a las dos o tres de la mañana para que yo los atendiera. Yo era la que trabajaba todo el tiempo y él siempre me humillaba hasta por lo que comía. A mí me daba miedo separarme, ya que nunca había trabajado fuera del hogar. Llegué hasta pensar en matarlo, si me volvía a maltratar. Ya no aguantaba más y un día cogí a mis hijos, los monté en un carro y lo dejé con muchos temores, pero hoy le doy gracias a Dios, porque vivo sin tanto miedo”.


La violencia contra la mujer es estructural
La negación al acceso de las mujeres a derechos y la satisfacción de sus necesidades básicas refleja una violencia generalizada y estructural que afecta a cada mujer. Existen barreras intangibles y relaciones de poder, que mantienen a las mujeres subordinadas. Se ve esta violencia en todas las instituciones, especialmente en la Iglesia, la escuela y el trabajo. La discriminación hacia la mujer obstaculiza su acceso al trabajo y muchas mujeres se ven forzadas a comportarse de otra forma para avanzar en sus puestos. Muchas veces un superior que tiene un rol de autoridad utiliza su posición de poder para seducir a un inferior, generalmente una mujer. El acoso sexual generalmente no es denunciado por miedo de repercusiones en el trabajo.

En otras instituciones se ve esta misma violencia estructural, que realizan autoridades, funcionarios, profesionales y agentes cuando no desarrollan políticas ni prácticas de igualdad de oportunidades o permiten y reproducen la violencia en espacios institucionales. Es el caso de Patricia, que mientras desarrollaba su actividad sindical en los años 80, fue detenida por el Ejército y junto a otras dos compañeras y dos compañeros fueron sindicados de portar propaganda subversiva. Mientras estuvieron detenidos, a los hombres los golpearon y a las mujeres las amenazaban con violarlas. “La tortura fue más psicológica, en unos calabozos denigrantes. Sufrimos una  intimidación en que nos iban a violar a nosotras las mujeres”. Cuando en los 90 empezó a trabajar por los detenidos políticos, sufrió intimidaciones, amenazas y agresiones, “era muy evidente el maltrato de la guardia, no sólo con las detenidas sino con la visita, con los familiares. Por ejemplo, había una guarda de apellido Alfaro en la cárcel de Itagüí. Era tan jodido el examen que les hacía a las mujeres que las hacía sangrar”.

Una violencia institucional, muy aceptada e invisibilizada, es la violencia en espacios médicos, específicamente la violencia obstétrica, que es la apropiación del cuerpo y procesos reproductivos de las mujeres, y se expresa en un trato deshumanizador, abuso del médico, la patologización de los procesos naturales e intervención excesiva, muchas veces en aras de lucro para la institución médica. La falta de acceso a la salud de las mujeres pobres, la maternidad impuesta y la muerte de miles de mujeres por abortos clandestinos, representan síntomas de esta violencia epidémica.

La violencia simbólica
Las mujeres de todas partes sufren violencias simbólicas; se enfrentan a los valores masculinos impuestos y universales, los lenguajes sexistas y modelos impuestos de ser mujer y la reproducción de estos roles en la cultura, naturalizando la subordinación de la mujer en la sociedad. Se atribuye un menor valor a la posición social de las mujeres a través de imágenes y estereotipos que ayuda a perpetuar el rol de subordinación y la discriminación.

Esto es el reflejo de una estructura social organizada desde lo masculino, desde una visión androcéntrica, que pone al hombre - macho como el centro de la humanidad.  Sus intereses y sus necesidades pasan a ser considerados como la norma para el funcionamiento de la sociedad. Según esta estructura social, actuar en espacios públicos como la calle, desarrollar actividades de carácter intelectual, trabajar en determinadas profesiones y oficios que son asignados a varones, se consideran cualidades superiores; mientras los espacios privados como la casa, donde se desarrollan roles de reproducción y cuidado, la expresión de sentimientos y emociones son asignados a mujeres y se consideran cualidades secundarias. Desde niños, la sociedad presiona para que las personas piensen y actúen de forma diferente según sean mujeres u hombres. Los niños aprenden a responder agresivamente mientras las niñas aprenden a entregar y cuidar.
El orden masculino está tan arraigado social y culturalmente, que es considerado como natural y se legitima gracias a la división sexual del trabajo y la estructura social y cognitiva impuesta en nuestros cuerpos y mentes.

Esto lleva a que el hombre – macho desarrolle prácticas y actitudes de discriminación hacia las mujeres, como la misoginia que es el odio a todo lo femenino, la ginopia que es la imposibilidad de visibilizar lo femenino, el machismo que resalta lo masculino y subvalora lo femenino, y el sexismo que menosprecia lo que son y lo que hacen las personas del sexo supuestamente inferior. El androcentrismo ayuda a configurar el patriarcado, como el sistema que genera y reproduce relaciones sociales, culturales, políticas y económicas que son desiguales entre hombres y mujeres. Todo este sistema de opresión es implementado para el beneficio del dominio masculino, donde el hombre – macho ejerce poder sobre las mujeres y lo femenino.

Este modelo de sociedad que justifica la violencia contra las mujeres es nocivo para la humanidad; impone el egoísmo, la indiferencia y la indolencia como valores universales, inmutables y verdaderos. Principalmente, mantiene la estructura social de desigualdad, no solo entre hombres y mujeres, sino también entre pobres y ricos. Entendiendo que la violencia es estructural en una sociedad capitalista, neoliberal y patriarcal, es necesario que, entre hombres y mujeres a través de la sensibilización y la solidaridad, desmitifiquen la violencia contra la mujer. Como las relaciones humanas, políticas, económicas y culturales no son naturales, sino socialmente construidas, pueden ser transformadas.

*Nombres de entrevistadas cambiados a petición de las mujeres

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